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OPINIÓN

China Camarena
China Camarena

Tregua con el 2020

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Estábamos mi hermana y yo en el coche, camino a recoger un regalo navideño, cuando decidió romper el silencio con la siguiente pregunta: “Si te dieran la oportunidad de regresar a marzo y vivir tu año sin pandemia, pero sabiendo que absolutamente todo lo que aprendiste, construiste, y conociste, se esfumaría, ¿regresarías?”

No supe responderle. 

A pocos días de terminar el año, me es inevitable pensar en todo el dolor que este 2020 ha causado. Pienso en los lugares vacíos que hubo en la cena de Navidad, y pienso en aquellos momentos que se quisieron celebrar con cumbias y abrazos, y que tuvieron que hacerse por videollamadas. 

Pienso en las lágrimas de quienes vieron comprometido el pan de su mesa, y en la desesperación de quienes tambalearon para que su hijo encontrara un regalo bajo el árbol la mañana del 25 de diciembre. Pienso en los médicos que tuvieron que dejar las reuniones con sus seres queridos para luchar junto a extraños con un respirador. Extraños que nunca fueron extraños, pues eran padres, eran madres, eran hijos, eran amigos, o eran compañeros de trabajo.

Más que el dos mil veinte, este año fue el ‘dos mil vete’, pues nada nos hizo ansiar más que este año terminara, que vernos privados de hacer lo que más amábamos, de disfrutar con quien más valorábamos, de sabernos esclavos de nuestra propia prudencia; de saber que había quienes podían quedarse a salvo en su hogar, mientras otros tenían que enfrentarse a la encrucijada de elegir entre vivir y sobrevivir.

Hasta el día de hoy, se contabilizan casi 1.4 millones de mexicanos que se vieron amenazados por el monstruo del coronavirus, y más de 120 mil que desafortunadamente, perdieron en sus garras. Nada es más desolador que saber que hace un año, 120 mil almas recibían con manteles largos un año que prometía ser cabalístico, y que 365 días después, se les arrebató la oportunidad de comer uvas y desear que el próximo año, fuera -tantito- mejor.

A tres días de despedir un año tétrico por donde se le mire, contestaré la pregunta de mi hermana por este medio: no, no estaría dispuesta a regresar a marzo y borrar todo lo vivido, pues dentro de todo el dolor, hubo resiliencia, dentro de tanto sufrimiento, hubo aprendizajes, y aun dentro del desastre, hubo oportunidades. 

Regresar el tiempo implicaría eliminar los fines de semana en los que mi mamá no se puso a pintar y jugar relevos para amenizar el encierro. Sería quitar las cenas sorpresas que mis hermanas y yo organizábamos para mis papás, en un intento de sentir que ya era fin de semana. 

Sería eliminar la consciencia que en este tiempo adquirí, de que la salud mental es el verdadero ‘six pack’ por el que debemos trabajar. Implicaría despojarme de esas ganas incontenibles de abrazar a mis abuelos, de reír con mis amigos, de pasar tiempo con los míos, y de darme cuenta de lo incongruente que era mi vida pre pandemia,  sabiendo lo afortunada que era de tenerlos y a la vez, nunca teniendo tiempo de demostrárselos.

Tiempo. Volver a marzo también sería desconocer que el recurso no renovable más valioso no es el petróleo, sino lo que esconden las manecillas. El tiempo que pasó, el que pasa, y el que esperamos que esté por pasar. Tiempo que se nos escurre entre los dedos; residuos que quedan en la piel y que pensamos, son suficientes para hacer todo eso que nos llena y nos hace vibrar. Tiempo para agradecer, siempre agradecer.

Regresar a marzo me obligaría a borrar de mi vida a personas que llegaron de formas inesperadas, y que entre cuarentenas y picos interminables, se hicieron esenciales. Retroceder unos meses implicaría bajar unos escalones, cortarme unos centímetros y remontarme a un tiempo en el que me aterraba estar conmigo,  descubrirme, y entender que puedo ser fuerza de día y vulnerabilidad de noche, que puedo ser tormenta implacable pero también, amanecer armonioso. Y lo mejor, que sea el oxímoron que sea, está bien; estoy bien. 

Erradicar estos meses implicaría olvidarme de esta pausa que me obligó a voltear a ver(me) y sentirme orgullosa por lo que he recorrido, a no rezongarme pero sí despertarme de las situaciones y personas que no me dejaban dormir tranquila, y sobre todo, a entender que el impacto que tienes en tu entorno no se mide en cantidad, sino en la profundidad con la que imprimes tu huella.

Sería dejar de lado el hecho de que cambiar al mundo, no es cuestión de actos heroicos sino de cosas más simples como tener la voluntad de pararte de la cama y hacer las cosas que te inquietan, que te apasionan y que a ratos te aterran. Se trata de avanzar pero también de voltear a los lados y darte cuenta de quiénes están ahí alentándote, sumándote. 

Este año nos ha enseñado que de nada sirve vivir sin no se está dispuesto a ver más allá de nuestras narices, abrazar nuestros matices y entender que todo lo que hace que nuestro paso por este mundo tenga sentido, viene en un empaque de carne y hueso.

Antes de precipitarnos a recibir un año nuevo, hagamos las paces con el viejo. Que el 2020 vea que por cada cosa que destruyó, nosotros (nos) reconstruimos, y que por cada sueño que arrancó, nos crecieron un par de alas.

Tw. @chinaCamarena 

 

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